El uso de tobilleras electrónicas en casos de violencia de género se presenta como una herramienta controvertida. Si bien ofrece una aparente sensación de seguridad a las víctimas al monitorear la proximidad del agresor, la realidad es más compleja y genera incertidumbre. Una mujer que ha experimentado esta situación relata sentirse vigilada, no solo por su agresor, sino también por el sistema, generando ansiedad y limitando su libertad de movimiento. La falta de recursos suficientes para proporcionar el apoyo psicológico necesario a las víctimas durante este proceso agrava la situación, convirtiendo la experiencia en un desafío emocional adicional a la violencia ya sufrida.
La efectividad de las tobilleras electrónicas como medida de prevención es un tema en constante debate. Si bien suponen un control sobre los movimientos del agresor, no garantizan la ausencia total de violencia. Muchas víctimas expresan la necesidad de un apoyo integral que incluya, además del monitoreo tecnológico, programas de asistencia psicológica, formación en defensa personal y apoyo legal efectivo. La falta de una coordinación adecuada entre los diferentes agentes implicados – fuerzas de seguridad, servicios sociales y sistemas judiciales – puede debilitar la efectividad de este método y perpetuar la vulnerabilidad de las víctimas. Por lo tanto, es fundamental revisar los protocolos existentes y aumentar los recursos destinados a la protección de las víctimas, considerando las tobilleras como una herramienta más dentro de un plan integral de lucha contra la violencia de género, no como una solución única y definitiva.
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